jueves, 21 de diciembre de 2017

Irrelevante

Irrelevante

Para Steven Moffat
Despertar era nacer y dormir morir. Vivían sólo lo que duraba una jornada de vigilia, compartiendo el mismo cuerpo pero de manera sucesiva, en un sistema de relevos que operaba en off, durante el sueño. Quien despertaba, aunque disponía de ese cuerpo, no era su propietario sino un residente temporal que nunca conocería a los ex habitantes ni a los próximos ocupantes del recipiente orgánico, mucho menos al dueño original, fallecido hace un incalculable número de siestas tras una decisión de reposo ingenuo. Aunque los tiempos de vigilia y sueño variaban según factores que ya se explicarán, existía una cifra constante. Veintisiete minutos bastaban para que el nuevo inquilino procesara la situación base: había nacido allí, con una capacidad nata para moverse, hablar, escribir, pensar, y con la certeza de que disponía sólo del tiempo de vigilia. Esa certeza llegó a paralizar a muchos, quienes después del minuto veintisiete seguían acostados, aún en shock y con la garganta seca, dándole vueltas al asunto hasta que los ojos se les inyectaban de cansancio, casi reprochando el desperdicio de tiempo. Quienes lograban sobrevivir al impacto de saberse inmersos en una situación así, entendían también que cualquier información adicional que precisaran debían producirla por sí mismos o leerla en el entorno, y algunos predecesores, plenamente conscientes de esta vulnerabilidad que venía por defecto, de esta necesidad infantil de tener algo a qué aferrarse, se encargaban de poner a disposición del heredero/sucesor toda una gama de datos difíciles de ignorar, que parecían en principio ofrecer consuelo, seguridad y alivio para el recién llegado. Nada más lejos de la realidad.
Las primeras generaciones practicaban invariablemente un ritual que tenía todas las características de un hecho unánime. Cuando el residente del cuerpo empezaba a  experimentar somnolencia, se embarcaba en la tarea de preparar la llamada Plataforma de Despegue, un paquete-entorno que contenía información sobre la hora aproximada de inicio del sueño, estado general del cuerpo, mapa de la zona, indicaciones para acceder el baño más cercano, dosis de alimento y bebida, entre otros elementos indispensables para sentar una base sólida que garantizara un arranque pleno. Si bien se desconoce la identidad y motivaciones del pionero, la tradición se mantuvo intacta por varias generaciones, tanto así que, visto desde afuera, se leía como un patrón natural de conducta. Pero en algún punto el mecanismo se averió y los habitantes del cuerpo empezaron a adquirir (o recuperar) conciencia de la práctica y en esa medida implementaron variaciones sutiles. Era el caso de los llamados Abuelos, quienes lograron prolongar la vigilia por encima del periodo estándar (doce a catorce horas) gracias a la aplicación de varias técnicas, que iban desde la ingesta de sustancias estimulantes, hasta la ejecución de complicadas rutinas de ejercicios. Esa plusvalía vital que empezaba a contabilizarse con avidez coleccionista a partir de la hora dieciséis, dotaba al propietario de cierta suficiencia, reflejada en un agotamiento eufórico y en delirios seniles que expresaban a gritos mediante llamadas telefónicas aleatorias. Alardeaban de haber vivido mucho más que cualquier ex habitante del cuerpo (aunque no tenían forma de corroborarlo) y esa experiencia adicional, en su concepto, les daba plena licencia para operar como patriarcas y rectores del destino de los venideros. Elaboraban largas cartas con instrucciones específicas para dar continuidad a sus proyectos, algunas veces colando las indicaciones dentro de la Plataforma de Despegue, deslizando algún punto de su decálogo privado entre dos recomendaciones básicas de supervivencia. En otros casos, dejaban clara la distinción haciendo un listado aparte, procurando la mayor ecuanimidad posible, repitiendo la plana cuando notaban que una de las listas mostraba mejor disposición caligráfica, mayor cuidado en los trazos o determinada ubicación privilegiada en la mesa de noche. Exageraban en su intento de borrar las huellas plásticas porque pretendían que todo el peso persuasivo recayera en elementos mucho más legítimos, como lo eran la justificación pormenorizada de móviles o una exposición detallada (pero limosnera) de beneficios a largo plazo. La mayoría de los que despertaban inmediatamente después de un Abuelo daban continuidad al proyecto personal de aquel, impulsados no tanto por la relevancia de la obra negra sino por la compasión que les generaba ese pobre diablo que había sazonado su agonía-somnolencia con la fantasía de posteridad.
Las prolongaciones de obras y proyectos no duraban más de doce generaciones y por ende no llegaban a culminarse. Poco antes de que el proyecto se embarcara en la recta final, aparecía un representante de los llamados Boomers, sector minoritario que tras los veintisiete minutos de carga inicial no mostraba el estupor ni el temor de la mayoría, ni siquiera cierto optimismo también infrecuente, sino un acceso de furia incontenible por el hecho de sentirse como extensión de sus predecesores. El Boomer promedio imaginaba una primera generación macabra urdiendo planes irrelevantes, contando con su tiempo y su energía para llevarlos a feliz término. Luego visualizaba toda la seguidilla de continuadores, quienes pese a seguir la mayoría de las indicaciones, introducían variantes propias, inéditas, sabiéndose traidores del proyecto original y al tiempo traidores de sí mismos, porque si tenían la osadía de incluir un cambio ¿por qué hacerlo de manera tan tímida y sutil? ¿por qué conformarse con una reforma, una mera lubricación de engranes, teniendo la posibilidad de acabar de lleno con la maquinaria? Él podía verlo con claridad incluso antes de llegar al minuto veintisiete, que lo sorprendía en pie, ya vestido y trotando alrededor de la cama, porque dispuesto a reclamar su independencia se proponía reducir la vigilia a su versión más ínfima, apelando al agotamiento físico para propiciar el sueño cuanto antes, o al consumo de somníferos si se trataba de un Boomer sedentario. No se sabe si como discípulos bastardos de estos últimos o por mera generación espontánea, aparecieron también los Vándalos, interesados únicamente en el deterioro. No tenían ninguna ideología que los respaldara, les daba igual tanto el impulso continuista como los brotes de rebelión esporádicos. Habían nacido con ese anhelo primitivo de contemplar el mundo ardiendo y dado que todo lo que conocían del mundo era ese pedazo de carne que habitaban, se daban a la tarea de dañarlo. Bebían en exceso para garantizar que el siguiente despertara con una resaca monumental, procuraban que el sueño los sorprendiera en las posiciones más extremas para provocar maltrato muscular, entre otras artimañas que aunque prometedoras, no rendían frutos. El cuerpo se restauraba durante el sueño, independientemente de la duración del mismo, por eso tampoco envejecía y su apariencia, la de un hombre belfo iniciando la treintena, se mantenía estable sin importar las actitudes seniles, adolescentes o infantiles que manifestara la personalidad de su ocupante.
Pese a su misión destructiva, los Vándalos fueron responsables del primer punto de inflexión memorable en la dinámica del cuerpo. El último que bebió demasiado esperando que el cuerpo amaneciera orinado, dio origen a la primera generación de habitantes nocturnos, ya que por motivo de la alerta del aparato endocrino, el sueño duró muy poco y en consecuencia el nuevo inquilino despertó en medio de la noche. Así, los residentes noctámbulos, además de descubrir vivencias distintas justificadas por el cambio de horario, tuvieron la oportunidad de conocer experiencias de sueño alternas. Fue el caso de Crisanto, único nombre que figura en los registros.  Tras salir del baño y notar que su amante dormía, lloró la inminencia del deceso, pero lloró aún más al notar que quien despertaba, como producto de los sollozos, era la misma que minutos antes había ingresado con él en la habitación. Se sintió no sólo defraudado por el desperdicio de lágrimas sino claramente engañado, porque continuista como era, había seguido al pie de la letra todas las instrucciones y requerimientos de cinco generaciones precedentes, pero en ninguna parte había encontrado advertencias, notas al pie o paréntesis capaces de prepararlo para lo que acababa de descubrir: esa propiedad del cuerpo que hasta hace pocos segundos se le antojaba tan natural, era una anomalía exclusivamente suya (o de ellos), y la ausencia de detalles diferenciales con respecto a las demás personas lo habían hecho asumir que la característica era común con la humanidad, una propiedad que nadie comentaba en voz alta, bien por pudor o bien por darlo por sentado. Ahora, con este descubrimiento que la mujer constataba tras cada azote, recitando en letra cursiva los nombres de aquellos conocidos suyos que (le constaba) también sobrevivían “intactos” tras la siesta, todo cambiaba. Entendió que era el heredero de una estirpe de idiotas, ingenuos ególatras que se habían preocupado por diseñar instrucciones para dar continuidad a planes insulsos, como terminar la escritura de memorias, finalizar determinado recorrido turístico o culminar con una conquista días atrás iniciada (como era el presente caso), pero no habían utilizado la energía secuencial del cuerpo para lo que realmente importaba: estudiar esa condición particular que los hacía a un mismo tiempo únicos y malditos, inéditos y parias, esa coincidencia del tiempo vital con la vigilia y ese reseteo-muerte que tenía lugar durante el sueño.  
La primera intuición procedimental fue observar el sueño de los humanos normales, examinarlo a fondo para diagnosticar dónde radicaba la diferencia, aprovechando que la mujer había quedado dormida de nuevo tras el último puntapié. No funcionó. Sólo era posible acceder a la inmovilidad, al ritmo respiratorio pausado y a otros síntomas básicos que alertaban la atención de aquel que nunca había visto dormir a nadie. El siguiente inquilino sugirió repetir el estudio y la observación detallada pero en el propio cuerpo, instalando una cámara de video que permitiera registrar el reposo para hacer luego la correspondiente comparación con un humano promedio. La idea fue acogida con entusiasmo y aunque las observaciones/comparaciones fracasaron dada la ausencia de diferencias sustanciales, sirvieron para concluir que los mecanismos de la anomalía debían  tener lugar a nivel interno. Se inclinaron entonces por la indagación verbal. Otro paso en falso. Los humanos se limitaban a describir imágenes inauditas, contar historias incoherentes que “si me lo preguntan, parecen inventadas”, alcanzó a apuntar alguien en la Plataforma, tras lo cual se descartaron a los humanos como objeto de estudio. Si bien fueron de gran utilidad para identificar el problema, era claro que no albergaban la respuesta; había que abordar la anomalía directamente, en el mismo punto neurálgico donde se originaba: los veintisiete minutos iniciales de carga de conciencia. 
La solución llegó accidentalmente: el inquilino de turno casi fue arrollado por un camión, cerca del hotel. Tras recuperarse de la conmoción y regresar a salvo al cuarto, cayó en cuenta que durante el susto, no fue capaz de pensar en nada distinto a su propia supervivencia. Incluso el problema que lo aquejaba desde la lectura de la Plataforma de Despegue y que mantuvo en vilo a once predecesores, se había silenciado. La respuesta estaba en esa dirección. Había que poner al cuerpo en una situación límite que implicara una reacción puramente instintiva, capaz de neutralizar la carga de conciencia. Pero era menos sencillo de lo que parecía. No solo había que programar la acción para que empezara con el despertar y durara lo suficiente para abarcar los veintisiete minutos completos, también se hacía necesario estudiar ese lapso a un nivel más profundo, porque era claro que los veintisiete minutos, además de funcionar como detonantes de conciencia, servían también para dotar al sujeto de memoria, pensamiento y capacidad motora, habilidades que los humanos normales tardaban años en aprender. Era preciso determinar si durante la carga de información llegaban todos los elementos en una mezcla homogénea o si cada habilidad, cada conocimiento específico, tenía asignado un lapso determinado (dos, cinco, ocho minutos) y turnos concretos de ingreso, en una organización que también era difícil de recordar, prever o adivinar. Se atrevía a afirmar que la carga de conciencia debía ir primero al ser el factor más determinante y macabro, pero nada más terminar la frase se mordía la lengua para corregir el razonamiento: no tenía mucho sentido que el sujeto recibiera toda esa información de entrada, aún sin las habilidades necesarias para procesarla.
Independientemente del orden, era claro que la Acción Redentora (nombre que paladeaba con gula cada vez que pensaba en el camión) tendría que ser contundente, sí, pero también ultra precisa y minimalista para evitar perjudicar otras habilidades. Aunque pensándolo bien, era demasiado engorroso invertir más generaciones en estudios de algo que probablemente nunca se llegaría a determinar ni caracterizar con precisión. Estaba seguro de que había llegado más lejos que cualquiera y en un alarde de sentido común mezclado con vanidad, pretendía que el descubrimiento permaneciera intacto, consciente de que podría arruinarse con el sobre-desarrollo y el análisis desmedido. Concluyó también que aunque la Acción Redentora fuera lo suficientemente contundente como para arrasar las demás habilidades natas, no estaba tan mal después de todo, era mejor así, un perjuicio perfectamente asumible, de todas formas el residente definitivo aprendería lo que tuviera que aprender eventualmente, sin importar la tardanza: tendría tiempo de sobra para vivir con tranquilidad, sin preocuparse por convencer a los siguientes para que dieran continuidad a sus planes, sin sufrir la paranoia de que algún sucesor tirara por la borda todo lo construido. Eso pensaría al principio, pero puede también que en algún punto de su vida, décadas después, como producto de algún dolor espiritual o simplemente por aburrimiento, curiosidad ontológica, empezara a añorar una situación hipotética, fantástica, inverosímil incluso, donde el sueño no fuera sólo esa elipsis obligatoria que lo distrae con imágenes extrañas en narrativas enredadas, sino el fin, la muerte, o en sus propias palabras, La Liberación, porque con el sueño/muerte desaparecería también la responsabilidad, la carga de seguir siendo el mismo tras cada despertar. Sería tan fuerte la fantasía que llegaría a imaginar la existencia de un cuerpo así, dibujaría esquemas y confeccionaría un traje enterizo en látex para hacer tangible su deseo, ignorando que ese cuerpo realmente existió, lo tuvo y lo perdió sin tener la oportunidad de disfrutarlo, por culpa de un tal por cual que quería dárselas de innovador reparando lo que no estaba dañado.

Al salir del trance epifánico, el inquilino ya se había decidido. Escribió una carta de disculpa dirigida a toda la causa predecesora y la arrojó a la hoguera donde ardía la Plataforma de Despegue, dando lugar al primer relevo llevado a cabo durante la vigilia.